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La mañana del sábado, un grupo de contra-manifestantes antirracistas en Charlottesville fue embestido por un vehículo que se presume era manejado por un joven de 20 años procedente de Ohio, quien ahora está siendo juzgado por asesinato en segundo grado.  Hasta el momento tres personas han muerto y más de 35 están heridas.  Luego del lamentable incidente, algunos políticos como el Senador Ted Cruz han expresado su preocupación por este acto de terrorismo interno y el Fiscal General Jeff Sessions, ha comenzado una investigación federal.

Según la Oficina Nacional de Investigaciones Económicas de E.U. ,Charlottesville, Virginia fue nombrada en 2014 como la ciudad más feliz de América.  Sin embargo, en los últimos años ha empezado a ser la meca de varios movimientos anti-semitas y del Ku Klux Klan, cuyos principios básicos son la homofobia, el racismo en general y la búsqueda de la supremacía de la etnia blanca.  Bajo la idea de defender los principios de la Europa Nazi y el fascismo de Hitler, personas como Richard Spencer, presidente del National Policy Institute, un think tank nacionalista blanco fundado en 2005, gritan “sangre y tierra” para elevar las ideas de Hitler y evocar la fuerza de los campesinos del área rural que según él “vivían de la tierra”.

La intolerancia a vivir con aquello que ha hecho de Estados Unidos un país diverso y que ha fortalecido su innovación y el emprendimiento, es lo que algunos culpan para seducir a masas que se sienten amenazadas por la globalización y que encuentran en esas teorías una salida, cayendo fácilmente en crímenes y actos de terror, como el que vimos el sábado pasado, mientras alaban a la Madre Tierra.

Como bien lo ha expresado el Gobernador de Virginia, Terry McAuliffe, los nazis y quienes pregonan la supremacía blanca, “no tienen cabida en Virginia y tampoco en Estados Unidos”.  Ciudades como Charlottesville, tienen la capacidad de utilizar su pasado para fortalecer su industria turística, pero necesitan comprender que la urbanización y la diversidad que conlleva, son una fortaleza para elevar el bienestar de todos.

Mi reflexión es que ninguna etnia puede estar por encima de otras, como tampoco ninguna puede dejar que las creencias de unos, limiten el progreso de todos.  Debemos ser capaces de encontrar acuerdos mínimos, para sobrepasar los cambios que conlleva la diversidad y generar mecanismos que fomenten la tolerancia hacia quienes piensan, actúan y viven de manera diferente, siempre bajo un principio: la ley es una y es para todos, nadie puede estar por encima de la ley, de lo contrario, fácil caemos en el racismo que promueven algunos grupos hoy en Charlottesville.

@jczapata_s

 

 

  Una de mis clases favoritas de la maestría fue “Dinámica de sistemas” (mejor conocida por su nombre en inglés, ‘System Dynamics’). Tuve la suerte de aprender sobre esta disciplina en la cuna que la vio nacer y, además, de que uno de sus precursores, John Sterman, fuera mi catedrático. Hoy no puedo dejar de ver todo lo que acontece en Guatemala, sin que pase a través del prisma que me brindó este curso.

 

La “Dinámica de sistemas” aplica muy bien a la situación de Guatemala, porque habla sobre el modelaje de la evolución del comportamiento de sistemas complejos, los cuales existen en muchos ámbitos. Por ejemplo, en la naturaleza se podría modelar el comportamiento del crecimiento de una colonia de hormigas hasta el proceso de descongelamiento del polo norte. Los sistemas complejos se caracterizan por tener múltiples variables que interactúan entre sí, en ocasiones en forma impredecible, o por lo menos impredecible para los seres humanos, con los errores y desviaciones cognitivas que nos atañen. Simplemente no somos buenos para predecir comportamientos no lineales, aquellos donde múltiples variables convergen o donde existen estas cadenas retroalimentadoras, tanto externas como internas. Sin embargo, la disciplina de la “Dinámica de sistemas” permite modelar con precisión los comportamientos que el mundo real exhibe.

Se preguntarán, “¿este qué locuras está hablando? ¿qué tiene que ver todo esto con lo que pasa en Guatemala?”. Tiene todo que ver, porque lo que vivimos en el 2015 se puede entender como un shock al sistema. Debido a ese shock, el “equilibrio” del Estado cleptocrático (que considerábamos “normal”) fue alborotado, produciendo una serie tanto de acciones, como de reacciones. Claramente vemos cómo ciertos actores quisieran aprovechar esa inercia para provocar un cambio mayor, mientras que otros quisieran regresar al “equilibrio” previo y se resisten a aceptar los cambios.

En ausencia de un proceso de “Administración de Cambio” que reconozca las complejidades de lidiar con un sistema inherentemente desordenado y con altos niveles de “ruido” en las cadenas de retroalimentación, pareciera que nos vamos resbalando hacia la ingobernabilidad. Administrar el cambio requiere visión, liderazgo y confianza. Requiere también de un conocimiento del comportamiento de sistemas complejos. Pasa por construir ciertos acuerdos que catalicen la cristalización de las moléculas desordenadas, generando así un orden dentro del caos.

En la práctica, ¿a qué me refiero con administrar el cambio? Principalmente, debemos entender que no podemos pasar de una “cleptocracia total” a un “control total” de la noche a la mañana. Claro que el resultado predecible de ver tanta corrupción, es exigir ciertos cambios, como una ley de contrataciones impenetrable. Pero el sistema es tan hermético y exigente que no existen las capacidades (aunque se asumiera la buena voluntad, lo que tampoco es uniformemente cierto) para cumplir con sus lineamientos. Se debe también a una falta de capacidades dentro de las instituciones públicas, cuyo desarrollo requiere liderazgo, compromiso y tiempo. No podemos crear leyes sin cambiar patrones culturales que actualmente exhibimos (por ejemplo, cuando decimos o pensamos “robó, pero hizo obra”). El actual nivel de controles, aunque loable en su aspiración, es una grada demasiado grande e inalcanzable. Por consiguiente, produce una serie de consecuencias “inesperadas” como inoperancia, frustración, baja ejecución del gasto, entre otras.

El liderazgo para administrar un proceso de cambio de esta naturaleza no podrá ser de una sola persona o sector. Nos toca a todos pedir que los líderes de nuestro sector, gremio, partido o afiliación tiendan puentes con miras a desarrollar un verdadero pacto político, para así definir el esquema de administración del cambio que queremos y que tanto necesitamos. Recordemos que requerimos de los acuerdos para generar un orden en este caos.

www.salvadorpaiz.com

@salva_paiz

    

A lo largo de la historia, nuestro país ha mostrado siempre una actitud propositiva a resolver el diferendo territorial, insular y marítimo entre Guatemala y Belice.  Contando con la oposición muchas veces de Gran Bretaña e incluso de Belice, debido a que siempre es más fácil dejar las cosas como están, aún y cuando con ello sigamos heredando un problema latente de falta de cooperación entre ambos países, de un conflicto que data desde finales del siglo diecinueve.

Cuando escuchamos a muchos jóvenes hablar sobre el tema, pareciera que no comprenden la importancia de resolver las diferencias entre los dos países.  Si Guatemala y Belice  pudieran colaborar entre sí como Estados soberanos, aumentaría la productividad de ambos, por la capacidad que tendría de establecer acuerdos de cooperación y negociación política, así como múltiples emprendimientos de manera conjunta.

Guatemala tendría la oportunidad de recuperar 12 mil 272 kilómetros cuadrados de territorio continental y un sin número de islas, mejorando su proyección hacia el mar y daría cumplimiento al Artículo 19  de la Constitución Política de la República, que faculta al Ejecutivo resolver la situación de los derechos del país respecto a Belice.

Está claro que en el caso de Guatemala en una consulta popular es más fácil que gane el SÍ, porque tenemos más que ganar que Belice.  Y como muchos críticos del proceso opinan, es más fácil no hacer nada porque “en Belice seguramente ganará el NO”.  Ello no debe limitarnos a que cumplamos un Acuerdo Especial firmado en 2008, ratificado por ambos países en 2014 y establecido en un protocolo en mayo 2015, para someter a la Corte Internacional de Justicia el reclamo territorial, insular y marítimo, que además fue ratificado por el Congreso de la República de Guatemala en 2016, en donde precisamente entre varias cláusulas establece que “el Derecho Internacional, provee la base para la coexistencia pacífica y para la solución pacífica de controversias entre Estados”.

Guatemala hasta ahora, reconoce que Belice es un pueblo con derecho a la libre determinación y que tiene un Gobierno que lo representa, pero no ha reconocido que tiene un territorio propio, siendo este un elemento indispensable para la conformación de un Estado. Esto es una oportunidad importante para la legitimidad del proceso de consulta, puesto que fue aceptado por Belice.  De conformidad con el Acuerdo Especial, ambos países se comprometen a aceptar como definitivo y obligatorio el fallo y demarcar sus fronteras de conformidad con la decisión de la Corte.  Así que, mostremos al mundo que somos un país respetuoso del Estado de Derecho y vamos por el SÍ en la consulta popular.  @jczapata_s


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