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Cuando hablo de competitividad, algunos rápido creen que solo estoy refiriéndome al tema económico y otros lo confunden con competencia.  De hecho, en el caso de Guatemala tenemos un Programa Nacional de Competitividad (Pronacom) que depende de un Ministerio de Economía, como si la temática solo se tratara de comercio y clima de negocios.  En la práctica, al hablar del desarrollo competitivo de un país, estamos profundizando en un análisis de sus instituciones, la infraestructura, el ambiente macroeconómico, la salud, la educación, la capacitación laboral, la educación superior, la eficiencia de los mercados, eficiencia del mercado laboral, el desarrollo del mercado financiero, la preparación tecnológica, el tamaño del mercado, la sofisticación de los negocios y la innovación.

Por ello, con todas las limitantes que esto genera por ser una temática tan amplia, debemos reconocer que el trabajo que realiza Pronacom es sumamente importante. Debe relacionarse con varios ministerios, secretarías y entidades descentralizadas a la vez, sin tener la capacidad ejecutiva de cambiar los presupuestos o partidas en las que cada organización decida invertir.

La evaluación más utilizada para comparar a los países respecto a los factores, políticas y procedimientos que inciden en la productividad, a través de lo que denominamos competitividad, es realizada por el Foro Económico Mundial (FEM), una organización con sede en Ginebra, Suiza, que se dedica a la investigación y generación de propuestas de solución a los problemas del mundo, que luego entidades similares pueden usar como base en cada país. A través del índice de competitividad global, se puede evaluar a 137 economías, por mencionar un ejemplo.

En el informe 2017-2018 para el caso de América Latina, países como Chile (posición 33), Costa Rica (54), Panamá (50), México (51) y Colombia (66) son los cinco países más competitivos de la región. Sin embargo, podemos darnos cuenta de que no existe ningún país de Latinoamérica dentro de las 30 economías más competitivas del mundo, algo que debe hacernos reflexionar sobre si estamos haciendo bien las cosas, con todas las oportunidades que tenemos.

En los últimos años, el sudeste asiático y el Medio Oriente están teniendo avances importantes en su capacidad productiva. Personalmente he visto con especial atención a Singapur, Japón, Malasia, Israel y Emiratos Árabes, países que han aumentado rápidamente su competitividad, ayudando con esto a mejorar las condiciones de vida y el bienestar de su población.

En el caso de Guatemala, pareciera que todavía no existe una comprensión por parte de todos los organismos del Estado de la importancia de promover la competitividad del país. Aunque hay que reconocer el esfuerzo del Congreso de la República por aprobar iniciativas que llevaban años de haberse planteado y que van a mejorar nuestra evaluación. Nuestro país está en la posición 84 entre los 137 países analizados por el FEM, por lo que todavía tenemos que hacer un mayor esfuerzo para implementar de manera transversal la Política Nacional de Competitividad en todas las instituciones.

Si no somos conscientes de que la única manera de competir en un mundo globalizado y generar mayor inversión es aumentando la competitividad, nos vamos a tardar más en reducir la pobreza. Tenemos que enfocarnos en que lleguen las mejores personas a las instituciones públicas, que implementen políticas públicas coherentes, mediante procesos transparentes y en donde la opinión pública y la ciudadanía demande los cambios necesarios para seguir avanzando.


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